Se enredaba en lo profundo de pasiones a escondidas. Se ocultaba en ellas y las hizo su refugio. Sin la mirada de los otros opinando y sin la luz del día desvelando, creaba alicientes a su rutina.
Se acostumbró a eternizar el principio del amor, se acomodó en lo intenso de lo oculto, disfrutaba de lo cómplice y manejaba con soltura lo prohibido.
No necesitaba convertir aquello en más. No quería perderse en la pareja y sus costumbres. Quería parar el tiempo y evitar sus estragos.
Y así, sin darse cuenta, creó con habilidad maneras clandestinas de evitarse también a sí misma.

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