miércoles, 27 de enero de 2021

A Carlos, mi alumno

"Si fueras mi hijo...", pensé al despedirme de ti hoy a la salida mientras te gastaba bromas y reías.

Te llamaré Carlos en esta reflexión que ahora comparto con quién va a leernos.
Carlos, si tú fueras mi hijo, te dejaría cada mañana en el instituto queriendo confiar en gente buena que te cuidará durante toda una mañana. Mañana en la que tú estarás durante horas en un mundo en el que sólo tú habitas y en el que, a ratos, entramos por pequeñas ventanas que nos abres o te escapas con dificultades tú por ellas. 

A veces, te miro desde la lejanía impuesta de mi mesa y veo tu mirada ensimismada y tu paciencia infinita allí sentada y pienso en ese instante que, si fueras mi hijo, te imaginaría aprendiendo, aprovechando tus horas, arropado por tus compañeros, tratado con la atención y el conocimiento que mereces y en el que descansaría mi preocupación de madre.

Hoy te pregunté qué tal estabas, sabiendo cuál sería tu respuesta: una sonrisa que traspasa mascarillas y que transmite tu mirada y un "bien, profe" que no falla. Y lo mejor es que es verdad, estás bien, Carlos, tú siempre estás bien. Tu sonrisa es verdadera y eres sobresaliente en simpatía, en ternura y en nobleza. 

Perdóname, Carlos, si no estoy a la altura, si mi mensaje no siempre te llega, si en la prisa de mi mundo no se ven bien tus ventanas ni se crean para ti puertas bien grandes abiertas. 

No sé qué sería de nosotros, Carlos, si tú fueras mi hijo. Lo que sí sé es lo q somos cuando estamos juntos en clase. Somos dos personas que no siempre saben entenderse, somos dos desconocidos que están aprendiendo a mirarse y somos los dos alumnos con gran tarea por delante. 

Gracias, Carlos, por mirarme y ver a una torpe profesora y aún así no exigirme, sino esperarme; no quejarte, sino respetarme; no enfadarte, sino sonreírme...gracias, Carlos, por todo, pero, sobre todo, por ser mi alumno y enseñarme.



No hay comentarios:

Publicar un comentario