sábado, 6 de marzo de 2021

El Aula que fuimos

La respuesta al "buenos días" es un silencio o quizás un murmullo ininteligible. El día aún no termina de empezar y la vida sigue esperando para ser devorada. La noche apenas se ha ido y el despertador no ha podido cumplir de manera contundente la misión que le otorga su etimología con el grupo de chavales que ocupa los pupitres por inercia y sin remedio.
El aula es un lugar frío y a duras penas semipoblado de sueño con mascarilla; de mesas alejadas entre sí, que se dispersan y hasta se pierden; de ventanas abiertas por donde entra un frío que acompasa al instalado en el ambiente...

Y ahí, en lo que antes era un aula y ahora es lugar hostil, se presuponen, como el valor al soldado en la guerra, la motivación, las ganas y las maneras eficaces del docente, cuya tarea principal ya no es explicar o enseñar para que el alumno encuentre los cauces y se dé el llamado proceso de enseñanza-aprendizaje, no. La ardua tarea a la que nos enfrentamos los docentes cada amanecer de un día es ahora la de despertar a la docena de jóvenes que están ante nosotros ofreciendo sus medios rostros, que van de lo inerte a lo cansino, pasando por el gesto de hartazgo de un nuevo lunes que agota antes de ser estrenado. Gestos desganados y desmotivados. Silencios ensordecedores incluso ante preguntas directas e individuales acerca de su propio fin de semana, a las que dan como respuesta un encogerse de hombros, o un elocuente "normal" o, como muestra más generosa, un "yo qué sé, profe".

¿Qué está pasando? ¿Dónde se han ido nuestros chavales cargados de vitalidad, inquietud, energía? Quizás a madrugadas ante islas tentadas, o a batallas libradas en unos cascos conectados a la red, o a pantallas de móviles eternamente vibrantes, mientras las horas de su descanso esperan en una cama adolescente sin nadie que ordene tanto caos. 

No lo sé, probablemente, las causas serán varias y de distinta naturaleza y complejidad. Y precisan, por tanto, ser abarcadas con la dimensión que suponen. No es ese pretencioso fin el que tengo. El mío no es más que el desahogo que suponen las palabras, un sencillo lamento en el desierto de la red.

Quiero la respuesta imprudente y a deshora de su despierta rebeldía. Necesito su gesto pillo y sonrisa socarrona. La clase que vibra y jalea y se mueve y se deshace y se queja. Y también ríe y aprende y pregunta y trabaja y coopera y avanza.

Pero no. Todo se ha esfumado...De eso, ya no queda nada. 
Se nos ha robado el aula y todo el mundo que en ella se creaba y que, sólo los que la construíamos un día, como alumnos que fuimos y docentes que somos, sabemos lo que fue, lo que albergaba, lo que valía... y la falta que nos hace que vuelva.



2 comentarios:

  1. Sin ser ejerciente profesor, más sí ávido espectador, te diré que se ha roto el caz que llevaba el agua al molino. Molino que podía dar agua y pan como lo era el de mi pueblo castellano. En este tiempo de absoluta conexión yo afirmo la más absoluta desconexión del docente (con la realidad). Empatizo con tu reflexión.

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  2. Gracias por tu empatía hecha palabra.

    Un abrazo

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